Días aquellos, donde el
reloj,
No era importante;
Donde el cansancio, no
era un estorbo,
Donde el sueño, sólo era
un intruso,
Ante todo aquello tan
importante,
Como el juego lo era en
aquel entonces.
Días aquellos, en donde mamá
era un ángel,
Papá era el héroe de
todo aquello,
Que ante sus ojos
traviesos hacía,
Así eran los días en ese entonces vivido.
Días aquellos, días
felices, bellos;
Donde el sol no
descendía,
Porque la alegría no veía el atardecer;
Donde la inocencia no
entendía,
Las horas de decir,
mañana,
Será otro día.
Días llenos, jamás
vacíos;
Correr, correr; saltar,
saltar;
Todos, buenos amigos,
Sin importar, quién era
más,
Quién poseía, menos;
Quién, el inteligente,
Quién, el más tardo, en
aprender.
Días de encanto, aún en
la lluvia,
Grita la madre, no te mojes,
Te vas, a enfermar.
Pantalones cortos,
Zapatos, descalzos;
Todos entretenidos,
Con algo bello, de aquel
camino,
De aquel entonces;
Un amiguito, felicidad,
Y cómo olvidar, jugar,
jugar.
Y en todo aquello,
el cuidado de Dios en la infancia,
su amor extendido en la inocencia,
su guía en sus confiadas aventuras,
guardando cada paso,
de aquel intrépido explorador.